El sabueso de los Baskerville

El sabueso de los Baskerville

Hoy Marina Hidalgo reseña una novela que le cambió la vida a uno de nuestros invitados: Daniel Sánchez a quien entrevistamos para preguntarle sobre La Dama del pozo, podéis leer la entrevista entera a Daniel aquí:

La Barcelona de La Dama del pozo

 

Todo el mundo conoce a Sherlock Holmes. Bueno, y al doctor Watson. Pero ¿cuántos hemos leído alguna de sus novelas o de los numerosos relatos que se publicaron entre finales del siglo XIX y principios del XX? Debo reconocer que yo misma, lectora incansable de muy distintos géneros literarios, incluida la novela de misterio, solo había leído la primera de sus obras: Un estudio en escarlata. Así que supongo que ya iba siendo hora de que me animase con otra de las aventuras del celebérrimo detective…

El sabueso de los Baskerville (1902) es la tercera de las cuatro novelas (el resto son relatos) que escribió Conan Doyle con Sherlock Holmes como protagonista. Primero publicó Un estudio en escarlata (1887) y después El signo de los cuatro (1890) y ambas se convirtieron rápidamente en éxitos rotundos, cosa que no me sorprende en absoluto.

Pero El sabueso de los Baskerville supone un cambio de estilo con respecto a las otras dos por la manera como se distribuye el peso del protagonismo entre Holmes y Watson.

En esta novela, Holmes literalmente desaparece durante casi cien páginas (y el libro tiene poco más de doscientas) confiando, así, la investigación a su colega, el doctor Watson. Este hecho no puede menos que sorprender al lector, aunque yo me atrevería a decir que más bien desagrada. Se echan de menos, y mucho, sus hábiles observaciones, sus preguntas inquisitorias, sus razonamientos incontestables…

Sin duda, el motivo hay que buscarlo en la biografía de Conan Doyle. Era médico oftalmólogo y durante años compaginó su profesión con la literatura hasta que un buen día, con Holmes convertido ya en su personaje estrella, decidió cerrar su clínica y dedicarse íntegramente a escribir. Esta liberación profesional tenía que permitirle iniciar nuevos proyectos, probar nuevos caminos. Quería escribir novela histórica y también se sentía muy atraído por el espiritismo y lo paranormal. Sin embargo, miles de lectores aclamaban a Sherlock Holmes, besaban (metafóricamente, claro) el suelo que éste pisaba, sin prestar atención a ningún otro trabajo que Conan Doyle pudiese publicar… Así que decidió librarse también de Holmes y escribir El problema final (1893), el relato en el que el detective se suicida junto a su archienemigo, el profesor Moriarty. El mundo entero se indignó ante este hecho pero fueron los apuros económicos los que llevaron al autor a escribir otra historia sobre Sherlock Holmes. Se resistió (de momento) a resucitarlo, de manera que hay que entender El sabueso de los Baskerville como una aventura más, nunca antes contada, anterior al suicidio. Y se resistió, también, como ya he comentado, a darle el protagonismo a ese personaje que tanto le oprimía.

El resultado es una novela que podría ser mejor si se le hubiese permitido brillar con la genialidad del detective pues, por mucho que se esfuerce, Watson no está a la altura de su compañero ni intelectualmente ni en cuanto a carisma se refiere.

Porque, como dice el propio Holmes, “el mundo está lleno de cosas evidentes que nadie observa ni por casualidad”. Ni siquiera Watson.

Otra de las novedades que supone El sabueso de los Baskerville con respecto a cualquier otra aventura anterior es el escenario. En esta ocasión, Holmes abandona el siempre neblinoso Londres y se dirige a Dartmoor, una región que Conan Doyle había visitado y que le había impresionado profundamente no solo por su paisaje sino también por sus misteriosas leyendas. Y debo reconocer que la importancia de este escenario es tal que la niebla, el páramo, la ciénaga, etcétera consiguen convertirse en protagonistas de la historia, llegando a competir con los personajes de carne y hueso. Así, el lector se ve atrapado por la misma inquietud, el mismo miedo, que experimentan los habitantes de tan inhóspito lugar y llega a dudar de si realmente alguien podría habitar semejante paraje sin que se le encogiese el alma y se le oscureciera el ánimo en cuanto pusiese un pie fuera de casa. Allí y solo allí, podía florecer la leyenda del sabueso espectral encargado de hacer cumplir la maldición de los Baskerville. Un diez para la ambientación.

Como he dicho antes, las intervenciones de Sherlock Holmes son de lo mejor de la novela. No en vano es considerado el mejor detective de la literatura universal (seguido muy de cerca por Hércules Poirot, de Agatha Christie). Pero en realidad todos los diálogos son destacables y podemos encontrar algunas frases, no necesariamente pronunciadas por Holmes, que dan qué pensar. Merece la pena reproducir aquí al menos una de ellas: “Malo es, realmente, el hombre que no tiene una mujer que llore por él”. Ahí lo dejo.

Antes de acabar con mi análisis quiero confesar algo. Yo, supongo que como la mayoría de las personas, acostumbro a poner cara a los personajes de las novelas que leo. En el caso de Sherlock Holmes y el doctor Watson, durante décadas nos hemos visto bombardeados con imágenes suyas: 28 películas, 11 series de televisión y 3 obras de teatro (si Google no miente, claro). Y casi siempre eran del mismo estilo: un Holmes frío y arrogante, fumando en pipa y diciendo “Elemental, querido Watson” cada dos por tres; y un Watson de edad avanzada y a menudo con algunos quilos de más, dedicado básicamente a llevar un diario sobre las investigaciones del detective. Pues bien, me ha gustado leer El sabueso de los Baskerville  y comprobar que nada de todo eso es cierto. Conan Doyle nos presenta a ambos personajes como hombres aventureros, sociables, atléticos, veloces en la carrera, hábiles en la lucha y, claro, más jóvenes de lo que estamos acostumbrados a ver. Así que (ahí va mi confesión) he podido permitirme el lujo de visualizar a Robert Downey y a Jude Law en los papeles de Holmes y Watson respectivamente sin que la historia me chirríe en ningún momento. Eso que me llevo.

 

sherlock holmes

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