Pablo Escudero y sus Mil dolores pequeños

Pablo Escudero

Hoy Marina Hidalgo nos presenta a un autor que va a dar mucho que hablar , Pablo Escudero.

Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) se gana la vida como profesor de Matemáticas en secundaria pero también es autor de relato y novela y becario de Creación Literaria en la Fundación Antonio Ródenas García-Nieto, de Madrid. Ha ganado más de veinte premios de narrativa y tiene en su haber tres libros publicados y dos más a punto de salir al mercado. Además, está trabajando en la que será su primera novela larga y siempre vuelve al cuento, al que considera su verdadero hogar narrativo.

Confiesa Escudero que nada le parece más aburrido que lo convencional. Quizá por ello Mil dolores pequeños no es un libro convencional. Podría decirse que se trata  de una novela coral, poblada de numerosos personajes secundarios, y sin embargo tiene un único protagonista: alguien de quien no sabemos nada, ni siquiera su nombre, pero lo sabemos todo: “un tarado incapaz de olvidar”, “alguien con memoria infinita y dotes casi nulas para la vida”. Escrita en primera persona, el autor nos presenta a un protagonista infeliz y en ocasiones desesperado, angustiado permanentemente por su incapacidad para olvidar nada, que ha acabado convertido en mero observador de vidas ajenas. “En realidad soy, por encima de todas las cosas, un enfermo. Aunque no me guste reconocerlo y no me guste que nadie me trate así”.

Pero realmente Mil dolores pequeños no encaja en la definición de novela. Es más bien un collage de pequeñas historias, de reflexiones y vivencias que el protagonista va recordando sin un orden aparente. Porque la memoria funciona así ¿verdad? Por ejemplo, recordando unas inundaciones, el protagonista se acuerda de su abuelo y, sin saber cómo, acaba explicándonos una técnica infalible para cazar moscas. Los recuerdos se imponen a su manera y toman el control no solo del contenido sino también de la forma. Así, con un estilo muy directo, Escudero nos invita a saltar de recuerdo en recuerdo mientras sentimos que muchas de las experiencias narradas podrían ser nuestras. “Recuerdo ir en el coche con mis padres a pasar el día a la playa. Recuerdo el olor a cuero quemado de los asientos a la ida, y el perfume mezclado del protector solar y el salitre a la vuelta”. Y digo yo ¿acaso no podría ser éste un recuerdo universal? ¿Quién no tiene un recuerdo similar? Y no es el único porque a nosotros también nos curaban las heridas con mercromina, decíamos adiós a los trenes con la mano, en el colegio teníamos un amigo gordito, y atesoramos el recuerdo de un primer beso de amor que no fue tal.

Mil dolores pequeños no es solo una invitación a recordar y a compartir recuerdos, es también una provocación a nuestra propia capacidad de memoria. ¿Nos acordamos realmente de todo aquello que deseamos? ¿Somos capaces de olvidar todo lo que no sea merecedor de permanecer archivado en una carpetita de nuestro cerebro? La mayoría de nosotros (no así el protagonista de esta historia) debemos responder que no, que a menudo somos incapaces de comprender el mecanismo selectivo de nuestra memoria porque, como apunta Escudero, “al final, todo el mundo debe reconocer que ya no se acuerda de alguna de esas cosas que fueron tan importantes”. Es triste. Pero es verdad.

 

-Háblanos de ti, Pablo ¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

Soy un escritor clásico en el sentido de que empecé a escribir después de mucho leer. No concibo otra manera de llegar, pero sé que las hay. Hubo un momento previo de escritura en mi vida, en torno a los 14 años, cuando una profesora nos animó a escribir un relato para un concurso que se celebraba a nivel nacional, yo escribí el mío (no lo recuerdo) y obtuve el 2º Premio entre todos los escolares del país. Se generó una cierta sensación de que yo iba a escribir, o que tenía que escribir, entre los profesores, en casa, y me generó casi rechazo la idea. Así que me alejé de ello. Lo que sí era desde pequeño es un lector empedernido, y en esas edades leía mucha novela de aventuras y de misterio (la primera novela adulta que recuerdo elegir y leer y releer luego muchas veces es Drácula), mucho del siglo XIX, El conde de Montecristo, por ejemplo, las de Mark Twain, Wilkie Collins, el Dr. Jeckyll y Mr. Hide, Poe, Sherlock Holmes, y también novelas de misterio contemporáneas, Michael Chrichton, Frederick Forsyth, John Le Carré, Pérez Reverte. En algún momento pasé a la novela negra clásica, Chandler, Hammett, en casa teníamos una buena colección, Patricia Highsmith, y en torno a los 18 o 19 años es cuando llego por un lado a los cuentos de Bola

o en Llamadas telefónicas y a las novelas de Paul Auster de La trilogía de Nueva York. Esos dos libros marcan un poco las ganas de escribir, son textos con escritores, con juegos metaliterarios, luego leí varias veces Los detectives salvajes de Bolaño, también París no se acaba nunca de Vila – Matas. Por ahí es cuando empiezo a escribir. Y como todo vicio, cuanto más se alimenta más hay que satisfacerlo, cada vez con más regularidad y dedicación.

-Ya sabemos que la elección del título es un momento crucial, a veces casi místico, para todo escritor. En tu caso, ¿de dónde sale el título “Mil dolores pequeños”?, ¿qué significa?

Pues no sabría decirte exactamente de dónde surge. Lo vi en algún momento de la escritura. No tengo ninguna liturgia, a veces lo tengo claro desde antes de escribir, a veces no lo veo hasta el final, releyendo. Por un lado creo que la vida la hacemos con los pequeños acontecimientos del día a día más que con los grandes hechos y los grandes cambios, que siempre van a ser menos y más puntuales. De ahí el mil, por ponerle un número que suene grande y a la vez abarcable, y de ahí lo de pequeños.

Lo de dolores supongo que es porque el tono general de la novela tiende a la melancolía. Y porque supongo que me gusta pensar que de lo que nos duele al menos aprendemos.

-Te defines a ti mismo como cuentista, escritor de relatos. ¿Es “Mil dolores pequeños” tu crisálida para convertirte en novelista?

Realmente no veo que el cuentista tenga que convertirse en novelista en el sentido que apuntas con el término crisálida. Mil dolores pequeños es una novela escrita por un cuentista, y no lo niega, o eso me parece. No sé si históricamente lo es, pero una de las maneras más intuitivas de escribir una novela es superponer historias cortas que le van sucediendo a un mismo personaje o a un grupo de estos. Mil dolores pequeños es una novela muy fragmentaria, que va y viene (como la memoria y los sueños, que es a los que está tratando de emular) y algunos de esos capítulos tienen entidad de relato propia.

-¿Te ves escribiendo novela en el futuro?

Sí, pero igual que me veo escribiendo cuentos. De hecho además de Mil dolores pequeños tengo una novela corta que saldrá publicada en abril de 2018 por Ediciones Complutense (ya que fue merecedora del Premio Complutense de Narrativa 2017), un libro titulado ¡En el rincón de la derecha, con catorce derrotas, doce de ellas por K.O., con calzón negro, guantes naranjas, ochenta kilos y vista cansada! que tras ese larguísimo título boxístico esconde una historia que pretende discutir el relato que hemos oído tantas veces sobre la movida madrileña, la apertura cultural en los ochenta, que es quizá un tótem que queda; la transición política ya ha sido rebatida pero eso no.

Mil dolores pequeños se publicó a mediados de 2016 pero la verdad es que la escribí a finales de 2012, así que en cuanto a escritura me cae lejana, he empezado muchos proyectos desde entonces y algunos los he terminado. Y el último año y medio he estado escribiendo una novela larga que ahora mismo busca su fortuna por certámenes de novela y que sí diría que es la primera obra que he escrito con idea de estar haciendo una novela que cumpla la definición de una novela, con trabajo de estructura, arquitectura, sin esa inmediatez que el relato permite y que estas dos novelas, más breves y fragmentarias, me han permitido mantener. Por sus propias dimensiones (fue un borrador de más de 500 páginas y acabó en una novela que supera las 300) se me hizo necesario trabajarla con más planificación, lo cual por un lado te ayuda a aprender un oficio casi nuevo y por otro le quita algo de magia.

-El protagonista es un escritor de relatos incapaz de olvidar nada y con muchas anécdotas que contar. ¿Qué hay de autobiográfico en esta historia?

Pues supongo que en el fondo debe haber mucho,

porque uno escribe al final de lo que conoce a nivel emocional, de reacciones etc. pero en la superficie más bien poco.

La mayoría de anécdotas no son mías, y no tengo ningún trastorno relacionado con la memoria, más allá de que mis amigos o mi mujer puedan decir que tengo una buena memoria. El punto en el que empiezo a escribir el libro sí viene de mi propia memoria. Lo primero que escribí fue la escena en la que el narrador recuerda unas inundaciones en las que tuvieron que acudir helicópteros. Eso sí es un recuerdo propio, de las inundaciones de septiembre del 87 en Orihuela, mi pueblo, cuando yo tenía 3 años. Es luego una escena que apenas tiene mayor importancia, pero sí recuerdo que empecé a escribir el libro tirando de ese hilo.

-¿Te documentaste de alguna manera sobre la hipermnesia, el extraño fenómeno de la memoria ilimitada?

Me encanta que me entrevistes tú, que tienes formación académica en psicología, porque así aprendo. Desconocía incluso que el trastorno que estaba describiendo tuviera ese nombre concreto, si soy sincero. Desconfío de la documentación (salvo en los libros en los que es obligatoria, en un ensayo o en un libro que se quiera ofrecer como una reconstrucción histórica exacta de algún hecho) para las novelas que trabajan desde la fantasía (aunque esta a su vez venga de la experiencia personal). Quiero decir que como lector una novela no me va a gustar más o menos porque la tienda que dice que está en el portal 22 de la calle X realmente esté ahí. Juan Marsé ha creado quizá la imagen más potente de Barcelona en lo literario a lo largo del siglo XX y no ha dudado en mover calles, cambiar localizaciones, fechas, como él mismo reconoce. Como cuentista también me gusta reivindicar esa tradición del invento de la historia, de la mentira si queremos llamarla así, contraria totalmente a la documentación. La verosimilitud debe primar sobre la verdad en la narrativa, y eso ya lo decía Aristóteles. Dice Stephen King en el prólogo de su ensayo sobre el terror literario Danza macabra, que los puritanos siempre han desconfiado de la ficción porque es esencialmente trampa y mentiras. A mí me gusta sobre todo por eso. Y como escritor, porque me permite camuflar verdades entre las mentiras.

-Tu personaje considera la hipermnesia una enfermedad, una desgracia. ¿No crees que la mayoría de las personas la considerarían un don?

Hay que tener mucho cuidado con lo que consideramos dones, me temo. El libro surge de un primer diálogo con un relato clásico como es Funes el memorioso, de Borges. Borges juega desde la paradoja lógica, y yo trato de llevarlo a las devastadoras consecuencias humanas que tendría ser el poseedor de esa memoria invulnerable. No olvidar literalmente nada debe ser terrible. Además yo enseño al personaje ya al borde del abismo, cuando esa memoria pone en peligro que pueda añadir más información a lo que ya sabe sin explotar, leer nuevos libros, por ejemplo. Va a un centro médico (con sus particularidades) como un enfermo de riñón va a diálisis, a que le limpien la memoria en este caso, se ahoga, no es una situación envidiable.

-¿Quizá los humanos tendemos a valorar como defectos aquello que en otros admiraríamos como virtud?

Supongo que los humanos tenemos el defecto esencial de no estar nunca del todo satisfechos.

Esto por un lado nos hace estar en permanente búsqueda y por otro no estar nunca del todo contentos. Por no alejarme demasiado de lo literario, envidio igualmente la capacidad de algunos autores de ser torrenciales y excesivos en su literatura, como me pasa con Don DeLillo o Rodrigo Fresán y en otros justo lo contrario, la capacidad de ser concisos como J. M. Coetzee o de componer una historia completa en apenas 2 o 3 páginas, como Etgar Keret. Creo que todos saben hacer algo que yo no consigo hacer así de bien, y son cualidades muy distintas, casi contradictorias.

-Los capítulos podrían leerse sin un orden concreto, incluso aleatorio, sin que ello alterase el conjunto. ¿Por qué elegiste este tipo de estructura?

El orden de la novela está bien pensado, no creas, pero es verdad que podría haber sido perfectamente otro; de hecho hubo otros montajes alternativos. Contemplé en su momento la estructuración de la novela (tan poco novelesca) como una sala de montaje de cine. Cuando estaba escribiendo estos textos no decía: va a salir una novela, escribía simplemente. Llegado el momento de pensar qué hacer con ellos, tenía muchos fragmentos que eran parientes unos de otros y había que organizarlos de manera coherente, cortando y pegando cinta, y dejando escenas fuera. Como ya te comentaba, algunos de los capítulos podrían ser cuentos directamente, empiezan y acaban una pequeña historia. Otros van dibujando pequeñas subtramas que se van manteniendo, otras subtramas aparecen, se esbozan y desaparecen. La idea de esa estructura es que la forma se adapte al fondo. La novela trata de la memoria y la memoria no es ordenada, a veces vienen recuerdos no se sabe muy bien de dónde y llegan y ocupan tu cabeza. Eso trato de reproducir. También pienso que ese funcionamiento la hace más onírica, cercana al modo en que soñamos.

-“Mil dolores pequeños” no es un libro convencional. ¿Era ésta tu intención? ¿Te interesa marcar la diferencia dentro de un mercado tan poblado como es el editorial?

Te tomo a modo de halago que lo definas como no convencional. Nada me parece más aburrido que lo convencional. No es una novela convencional, ciertamente, si entendemos como tal una historia con su introducción, nudo y desenlace. Casi te admitiría que no es una novela, o no solo una novela. Es una colección de momentos.

A la prosa a veces le permito que se suba a una ambición poética, en otras es casi lacónica.

Leer el libro es como mirar dentro de una caja de fotografías.

Eso puede contar una vida, y aquí se intenta hacer, pero no tiene por qué tener la estructura de una novela, no hay una narración como tal igual que no la habrá seguramente en tu vida y desde luego no la hay en la mía. En cuanto al hueco en el mercado editorial, es muy complicado y no sé de qué puede depender exactamente, quizá sea como la lotería. Por eso agradezco que os intereséis por mi libro, porque siempre puede haber alguien que lea sobre la novela en vuestra web y decida hacerse con ella y darle una oportunidad

-¿Qué crees que puede ofrecer tu obra a los lectores? ¿Cuál es tu mensaje?

Espero que no haya un mensaje en lo que escribo, la verdad. Abomino de la literatura pedagógica y con mensajes. En cuanto a lo que puedo ofrecer a los lectores, pues supongo que mi ideal es ser capaz de dar a los lectores lo que yo busco como lector. En primer lugar: que me sorprendan, en segundo: que me regalen una imagen estéticamente destacable, una frase que me quede paladeando, una idea que descoloque las mía.

¿Estás escribiendo ahora mismo? ¿Qué proyectos de futuro tienes?

Siempre estoy escribiendo, la verdad. Terminé allá por abril la novela larga de la que os hablaba. Desde junio soy becario de creación literaria de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, y la beca es para escribir un libro de cuentos relacionados con el arte. El libro lo tengo ya escrito y estoy estructurando la colección y revisando todo, debo entregarlo a finales de año y saldrá publicado en el primer semestre del 2018. No os puedo adelantar el título porque no lo veo claro todavía. En estos meses estoy dedicado principalmente a esa tarea, pero también he empezado, a modo de ejercicio, a escribir una novela con una trama clara, relativamente lineal, sin digresiones, que se ajuste más o menos a una historia de misterio o casi negra, y ya veré si la termino o se cruza otra cosa por el camino.

-Y, nuestra pregunta obligada: En nuestro blog pensamos que a veces un libro cae en tus manos y te cambia la vida. ¿Cuál sería ese libro para ti?

Alguna vez he hecho el ejercicio de dibujar un esbozo de mi biografía hasta el momento (que tengo 33 años) de libro en libro. Empezaría con aquel Drácula que cogí de la estantería con 11 años, y pasaría por muchos autores: por Bolaño, Cortázar, Kafka, Foster Wallace, DeLillo, muchos. Hay libros que he disfrutado enormemente a lo largo del 2017, como Solenoide de Mircea Cartarescu o La hora violeta de Sergio del Molino, libros que me acompañarán siempre, pero que no llegaría a decir que me han cambiado la vida. Quizá la última vez que un libro cayó en mis manos y me descolocó hasta el punto de hacerme cambiar mi manera de leer y de enfocar mi escritura fue con La novela luminosa, de Mario Levrero.

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