Hoy nos regala un cuento…Angel Elgue

Mercadopatía

Juan resopló con la rebeldía de quien niega resignarse mientras veía salir su propio aliento como el humo de un cigarro jamás fumado. Sobre la mesa, las facturas agolpadas pesaban toneladas y la madera crujió, se frunció como el rostro de Juan. Frotar sus manos heladas no era suficiente, ni para dejar de sudar por las palmas ese líquido con perfume de ansiedad.

El rumor de la televisión le distrajo; los opinólogos de turno escupían medidas económicas al ritmo de expendedoras de chuches descontroladas, pero nada pudo oír con claridad sin sentir un escozor en el tímpano. Resopló una vez más y a regañadientes sumergió la mano en las profundidades del bolsillo izquierdo del pantalón para rescatar su teléfono móvil de una bola de pañuelos desechables moqueados. Fijó la vista en la hora y descubrió la ausencia de mensajes pendientes en el área de notificaciones. Pensó en escribir un mensaje, enviar la interrogante en busca de la aprobación antes de llamar, pero los ecos de futuros reproches le frenaron, después de todo, los caprichos del azar son incontrolables.

Decidió entregarse a ellos y resistió el dolor en la yema del pulgar cuando marcó el número gratuito de atención al cliente. Tenso, caminó en círculos, siguió las instrucciones de una voz impersonal, grabada, distante, y luego permaneció en espera bajo el influjo de uno de los éxitos pop del verano pasado.

—Buenas tardes, mi nombre es Ariadna, asesora comercial de Alphatel, ¿en qué le puedo servir?

Juan deseó arrojarse por la ventana, se imaginó atravesando la hoja de cristal, cayendo nueve pisos de cabeza con millones de trocitos de vidrio clavados en el cuerpo hasta escuchar en su mente el estallido de su cráneo contra las baldosas de la vereda. En lugar de hacerlo, se conectó al WhatsApp.

—Sí, hola, soy Juan García y llamo para dar de baja todo menos el móvil —dijo tras enviar: debería colgar???

—Muy bien, aguarde un momento por favor.

Dócil, aguardó, lo suficiente para cuestionarse las increíbles circunstancias que la aritmética del destino le había propinado sobre el rostro y la inherente dificultad de continuar con la gestión. En la tele, una publicidad de Alphatel le dio nauseas. Deseó lanzar el plasma.

—Según veo, es el titular y quiere desconectar el fijo, internet y el paquete de canales. Ahora bien, señor García, ¿cuál es el motivo?

—Es por cuestiones económicas, se me acabó el paro y no es el mejor momento para seguir con estos gastos —contestó tras recibir: No!!! La están auditando.

—¡Ah!, mire usted… —La pausa se alargó en exceso y Juan se congeló por un instante—. Escúcheme, señor García, nosotros también estamos pasando por un mal momento, y no por eso le llamamos a su casa para pedirle más dinero a cambio de nuestros servicios, ¿verdad?

La curiosidad, algo humedecida en la amargura, empezó a presionar el pecho de Juan. No recordaba la última vez con exactitud, acaso dos o tres años antes había llamado al departamento de soporte técnico para resolver una avería en internet, solucionada con mucha educación y con el conveniente envío de un rúter wifi nuevo. Tomó aire y echó un vistazo al entrevero de cifras en la mesa.

—Mire, señorita, su comentario me parece irrespetuoso e inútil —dijo tras recibir: actúa como un cliente normal, no la cagues!!!

—Mire, señor García, no estoy para nada de acuerdo. ¿Cómo cree usted que se mantiene la economía del país? Imagine a todos los clientes desconectando sus servicios, imagínelo y dígame si esto no terminaría siendo la ruina para miles de trabajadores en el sector. Usted, como todo el mundo, debe aportar su granito de arena. Continúe pagando, es de vital importancia.

—Discúlpeme, pero esta conversación es surrealista. A quien le da igual verme en la ruina es a usted, eso está muy claro. —dijo con temblor en la voz, justo al recibir: sé más violento, indígnate sin piedad!!!—. Aún más complicado es entender cómo continúa trabajando ahí —agregó con firmeza.

—Créame, aquí me aplauden por decirle esto. Lo más importante es que no le estoy mintiendo, tiene la responsabilidad de contribuir, y de no ser así. Si el resto de clientes actuara como usted, yo no tendría trabajo, de hecho Alphatel dejaría de existir y nadie tendría acceso a la tecnología que en estos momentos facilita esta conversación, por más surrealista que le parezca. Por lo tanto, sea un consumidor obediente, pórtese bien.

—Sí, eso haré, portarme bien. Le voy a denunciar a usted y a la compañía en la oficina del consumidor.

—Por favor, hágalo, me gustaría ver cómo deslizan sus denuncias por la trituradora. Esa oficina es un invento para canalizar el enfado más extremo de los clientes más rebeldes.

—¡Usted es una mal educada! Deme de baja ahora mismo y pare un poco con tantas estupideces, hágame el favor —dijo él saboreando una sensación de poder poco habitual.

—Al final, haremos lo que usted quiera, señor García, pero antes escúcheme con absoluta atención. No pretendo explicarle cómo funciona el mundo, yo asumo que ya lo sabe, por lo tanto, lo que le falta es aceptarlo.

—¿¡Aceptar qué, ostias!?

—Usted es un número, gana dinero, lo suficiente para comprar una vida gobernada por electrodomésticos, agua caliente y entretenimiento para soportar el peso de los días. Sin embargo, corre en esta rueda de hámster con la esperanza de llegar a un sitio cuando siente y sabe a la perfección, en el interior de esa empantanada bola de carne que late en su pecho, que no existe otro sitio más allá del que hemos construido para usted. Por favor, no confunda inconciencia con fortaleza. Usted duerme con el móvil en la punta de la cama, la televisión le acompaña mejor que su familia, y la mitad de su tiempo en internet lo utiliza para darle vida a ese miembro colgante entre sus piernas.

—¡No me conoce!, no sabe nada, deberían despedirla de inmediato, ¡quiero hablar con el supervisor!

—Mi supervisor se está riendo y dice que la otra mitad de su tiempo en internet se la pasa navegando en un océano de información con el que no sabe lidiar, ni entiende usted siquiera para qué puede servirle dentro de su monótona vida, pero le reconforta la idea de poder zambullirse en sus aguas cuando quiera. Cree que al dar de baja se quitará un peso de encima, pero sucederá justo lo contrario. Al final cederá, señor García, créame, cederá cuando le falte, cuando le embutamos la publicidad en su cabeza, cuando vea que sus amigos lo tienen pero no usted. ¡Sí!, cederá, volverá con nosotros porque es como un niño incapaz de desprenderse de la teta de su madre.

—Ahora verá cómo me desprendo. Deme la baja ya mismo de todo menos el móvil.

—Oiga, señor García, si desconecta los servicios de su casa, también le quitaremos el móvil. O está con nosotros o no está, y una vez desconectado en su totalidad, no le daremos la oportunidad de regresar, le aislaremos por siempre, y el resto de las compañías, que como ya todos saben son del mismo dueño, no le darán ningún servicio tampoco. Así le tendremos castigado de por vida.

—Se han vuelto locos, ¿aislarme para siempre? No pueden ser más psicópatas —dijo él con el tono de quien advierte el fin del mundo.

—Ahórrese tiempo y sufrimiento, no se humille a sí mismo dando de baja para luego desear y suplicar dar de alta en semanas o meses. No sea tan cretino como para regodearse en ese espejismo de libertad. ¿No se da cuenta? Su vida es impensable sin nosotros, así le hemos educado. ¡Acéptelo!

Un retrogusto ácido ascendió por el esófago de Juan. En la tele, una mujer con rostro de diputada exigía, desde su escaneo en el hemiciclo, otro sacrificio de la ciudadanía mientras alertaba de los peligros de la inmigración. La mirada de la congresista escapó de la pantalla y se clavó en los ojos de Juan; luego, sin ninguna gesticulación, gritó en silencio: ¡acéptelo!

—¡No! —exclamó él tras recibir: comienza a cambiar de opinión.

—El típico no de los malcriados. Comprendo sus deficiencias mentales, señor García, pero haga un esfuerzo, respire profundo e intente reflexionar. Va a aceptarlo porque le haremos el gran favor de hacerle pagar menos. Tenemos un descuento especial para consumistas como usted, con brotes de dignidad infructífera.

—¿De verdad piensa que voy a consentirle el gran favor después de tantas faltas de respeto? Esta conversación me está agotando.

—De hecho, sí. Y no solo eso, también va a aceptar un compromiso de permanencia de cuatro años por un valor total de mil euros en caso de una posterior baja total.

—Cuatro años es una locura. Mil euros es un abuso intolerable. ¿Me ha escuchado antes?, se me acabó el paro y no puedo garantizar mi permanencia en Alphatel durante tanto tiempo —dijo tras recibir: no aceptes el descuento, solo di que mantendrás los servicios tal y como están—. ¿Sabe una cosa?, se me ha acabado la paciencia. No le voy a hacer perder más el tiempo, ni voy a perder más el mío. Voy a mantener todo sin aplicar ningún cambio, pero no piensen que se han librado de esta baja. En lugar de sangre, por sus venas corre veneno para ratas. Vaya al médico y muchas gracias por nada, señorita…

—Ariadna, le dije mi nombre al principio de la llamada.

—Bien, Ariadna, de verdad espero no volver a hablar con usted nunca más, sino ya se va a enterar —dijo tras recibir: bastante bien. Nos vemos más tarde, tú sí te vas a enterar.

—Si no necesita nada más, muchas gracias por comunicarse con Alphatel, buenas tardes.

Juan Arrojó el móvil encima del colchón de facturas. Con violencia, encajó un par de palmadas en su frente grasosa para luego dejar a su espíritu arrojarse por la ventana. Su cuerpo tomó asiento para prestar atención a otro capítulo desopilante de El show de las nalgas charlatanas hasta la caída del sol.

Cuando el día se oscureció hasta el extremo, oyó la puerta del ascensor abrirse, el sonido de las llaves agitadas sobre una mano inquieta, el ruido del estrés intentando penetrar la cerradura con el desatino de la prisa nerviosa.

—¡No lo puedo creer!, de verdad, te dije después de las seis, que es cuando me voy al descanso —increpó Ariadna con tono inflamado mientras cerraba de un portazo.

—Perdón, cariño, es mi culpa, pensaba que habías dicho dieciséis, o sea, las cuatro. Para mí, las seis solo pueden ser de la mañana.

—Más tonto y no naces.

—Perdón, otra vez.

—Al menos cumplí con los parámetros de calidad comercial de la llamada —dijo Ariadna ya desde el interior del lavabo.

—¿Así es como se vende ahora? Vaya tela. ¿Es cierto eso de aislar a un viejo cliente para siempre?

—No, solo nos obligan a decirlo para intimidar. Igual en un futuro, cuando la gente se acostumbre a oírlo, se vuelva real.

—Jamás imaginé escuchar semejante amenaza.

—¡Y yo te dije mil veces que levantaras la tapa del wáter! —gritó Ariadna apretando la cara mientras limpiaba salpicaduras de la orina de su marido con un trozo de papel higiénico.

En la tele, dos rubias se daban empujones. Juan quiso colarse por la pantalla, empujarse con ellas y cobrar miles de euros por un par de golpecitos transmitidos por la TDT a nivel nacional; se vio a sí mismo recorriendo los diferentes platós, haciendo zapping pero mediante el esfuerzo de sus piernas, rogando por trabajo, ofreciéndose al mejor postor. Si la estupidez era rentable, con apenas algo de voluntad, podría ser rico, pensó. En lugar de hacerlo, se recluyó en una mancha de humedad en el techo y segundos después dejó caer la vista sobre las facturas de las mesa. Contempló con los párpados sumidos en la vagancia y desde la resignación, hasta notar un abombamiento pronunciado en las patas. Resopló como de costumbre y se frotó las manos para buscar sin éxito un poco de calor. Siguió pensando en las rubias de la tele y no encontró ningún rescoldo de voluntad en sus entrañas, menos de rebeldía.

Con los movimientos de quien pide permiso bajo las riendas de la timidez, entró al lavabo solo para colocar sus manos heladas en un chorro de agua caliente. Ariadna le miró fijo mientras sus intestinos se retorcían para abrir espacios.

—Mañana llamas en cuanto me vaya al curro y, digan lo que te digan, nos das de baja de esta mierda.

Juan asentó con la cabeza y le devolvió la mirada. Algo por el costado de la rutina o por el costado del cariño le impulsó para acercarse. Reunidos en la monotonía, Ariadna y Juan se besaron.

3 comentarios sobre “Hoy nos regala un cuento…Angel Elgue

  1. Me ha parecido divertido y lamentablemente con mucha parte de realidad. Está bien escrito. Te engancha.

  2. Me he reído mucho con este relato aunque en el trasfondo late una verdad dramática y actual. Es genial.
    ¿Es nuevo este relato? No lo conocía.

    ¿Podéis publicar algo más de Ángel Elgue?

    Saludos desde Vigo. Mª Antonia

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